Rossini, el Mozart de los gourmand

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RossiniAl gran músico Gioachino Antonio Rossini le gustaba tanto la trufa que una vez se refirió a ella como “el Mozart de los champiñones“. Hemos tomado prestada la frase, que nos encanta, para hablar del gran Rossini, el músico italiano que además de componer numerosas cantatas, himnos, dramas y óperas (entre ellas, El barbero de Sevilla y Guillermo Tell), tuvo tiempo para desarrollar una intensa afición o casi devoción por la cocina y la buena mesa. Sin duda, era un autentico gourmand. 

¿Qué tienen en común los canelones a la Rossini, huevos a la Rossini, pollo a la Rossini, arroz a la Rossini, tallarines a la Rossini, tournedó a la Rossini y todos los platos a la Rossini que nos encontramos por las cartas de todo el mundo? Casi siempre, trufa y/o foie, dos de sus ingredientes favoritos.

Por ejemplo, el famoso Tournedó a la Rossini se supone que nació de la amistad entre este y Adolfo Dugléré, chef del Café Anglais en París. El músico invito a improvisar un nuevo plato delante de los comensales en el comedor. El chef comentó que era una persona tímida y que no estaría a gusto y no trabajaría bien, a lo que Rossini le dijo – Eh bien, faites-le tourné de l’autre coté, tournez-moi le dos“, que quiere decir que lo hiciera dado la vuelta, de espaldas al público. Cuenta la leyenda que los tournedos nacieron de las ideas que Rossini aporto al plato y la maestría del chef.

No es la única amistad con un chef que nos trae una buena anécdota. Es genial la del gran chef Antonin de Carême. Fueron amigos muchos años, y estando Rossini en Bolonia le envió Carême  un paté de faisán trufado con un nota: “de Carême a Rossini” y  este le respondió con una pieza musical titulada “de Rossini a Carême”. ¡Ellos sí que sabían apreciar el arte!

La historia personal de Rossini es muy curiosa. Nació en Pésaro, Estados Pontificios —en la actual Italia— un 29 de febrero de 1972 (año bisiesto, por supuesto) y desarrollo de forma precoz un gran talento musical. Ya a los 16 años ganó un premio por una cantata que había compuesto, y con 18 compuso una ópera breve que fue un éxito. En 1816 estrenó El Barbero de Sevilla con el que alcanzó la fama.

Con 37 años estrenó su última ópera, Guillermo Tell, a pesar de que vivió todavía 40 años más hasta su muerte en París. ¿Qué razones había para que un compositor de éxito internacional como Rossini dejara de componer óperas? Son muchas las teorías que tratan de dar respuesta a esta cuestión: hastío, falta de necesidad (dada la riqueza que ya había acumulado), problemas de salud, la situación política… en todo caso, no abandonó del todo la música. Dirigió algunos teatros y compuso algunas obras breves.

A nivel gastronómico (el tema que nos ocupa) es reseñable que desde que se trasladó a París en 1825, con la que luego fue su segunda mujer, era conocido por organizar los mejores banquetes con los alimentos más exclusivos y delicados que estaban a su alcance. Rossini fue un sibarita y se hacía traer alimentos y vinos de todo el mundo: embutidos boloñeses, los jamones de España o el queso Stilton de Inglaterra.

Pero sobre todas las cosas Rossini amaba la trufa blanca, el foie y los macarrones.

A él se le atribuyen frases como: “el apetito es la batuta que dirige nuestras pasiones” y “comer y amar, cantar y digerir; estos son los cuatro actos que dirigen esta ópera bufa que es la vida”

 

Jolastoki

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